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Sumario nº 15
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Para los trabajadores pero sin los trabajadores. Tal podría ser la versión de un despotismo, ciertamente no demasiado ilustrado, que parece adueñarse de las mentes oficiales, oficialmente dedicadas a la prevención de riesgos laborales.

El pasado mes de noviembre tuvo lugar en Valencia el XII Congreso Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo. La palabra trabajador (mucho menos, la de trabajadora) no aparecía ni en los programas. Ni una sola referencia a los problemas de los trabajadores en las interminables y espurias intervenciones oficiales del acto inaugural. En la entrada del Palacio de Congresos, junto a los anagramas del Ministerio de Trabajo y de la Asociación de Mutuas AMAT, los asistentes eran recibidos por jóvenes azafatas que ocultaban su condición de trabajadoras ellas mismas bajo ajustados monos y cascos amarillos. Pensarían los organizadores que no se llevan bien la estética y la realidad del mundo del trabajo.

Parece acabarse el tiempo en que el protagonismo de los trabajadores, nunca negado en las grandes declaraciones, pugnaba por ser reconocido en la práctica. Ahora, el trabajador, la trabajadora, han pasado a ser simplemente ese oscuro objeto de un deseo irrefrenable de domesticación. No sujeto, objeto, aunque un falso pudor (cánones de hipocresía burguesa obligan) impida presentarlo como tal. Objeto de veladas acusaciones de negligencia y de directas advertencias amenazantes: no ensucies mi imagen, no molestes...¡desaparece!

Pero los enfermos, los muertos, siguen ahí con toda su carga de mal gusto, hiriendo sensibilidades. Va a hacer diez años del caso Ardystil y la asociación de afectados sigue luchando contra el olvido de seis trabajadoras que murieron y por la protección para quienes sobrevivieron, entre los que se contabilizan tres casos de cáncer. ¿Víctimas y culpables? Van muriendo por todo el mundo los trabajadores del amianto. Nos llega la noticia escalofriante de cómo algunos, en su desesperación, prefieren terminar cuanto antes. Eduardo Miño, 51 años y padre de tres hijos, trabajador chileno en paro, con un cáncer provocado por el amianto, se quemaba a lo bonzo frente al Palacio de la Moneda en Santiago de Chile el pasado 30 de noviembre.

Uno de los lemas que resume nuestra estrategia sindical frente al desgaste en el trabajo es el de 'hacer visible lo invisible'. Parece que tenemos una tarea aún más primaria: afirmar que existimos, reivindicarnos. Como personas y en nuestra condición de trabajadores y trabajadoras. Salir del armario (o, mejor, no permitir que nos encierren en él) y hablar con nuestra propia voz, en primera persona. Sin tener que morir. Sin tener que esperar a estar muertos

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