InicioNoticiasÍndiceRevistero por temasSuscripciónEvaluación   Revista de salud laboral para delegadas y delegados de prevención de CC.OO.
ISTASBuscarBúsqueda avanzadaInformaciónContacto
artículo siguiente
artículo anterior
Sumario nº 45
imprimir
Enviar a un compañero/a
Comentar el artículo

Dossier: Trabajo y sufrimiento

134 días acampadas para defender sus derechos

El caso de un centro especial de empleo

ISABEL DELGADO. Secretaria de Salud Laboral y Medio Ambiente de la Unión Provincial de CCOO de Jaén.

Los 26 trabajadores y trabajadoras de Frioconfit, un centro especial de empleo ubicado en la población de Baeza (Jaén) se encontraron el pasado 17 de noviembre con una puerta clausurada y una escueta nota que decía: “La empresa permanecerá cerrada hasta que se reanude la producción”. Aquello no era el principio de un calvario, que también, sino un paso más en una vida laboral marcada por el sufrimiento.

En un centro especial de empleo (CEE) trabajan personas con alguna discapacidad. Por ser empresas que fomentan la integración laboral de personas con dificultades reciben apoyo público. En concreto, Frioconfit que se dedicaba a la fabricación de bollería industrial y que forma parte del grupo ORIO, ha recibido de la Junta de Andalucía un total de 733.896 euros como subvención. Sin embargo, detrás de esta política de empleo aparentemente impecable se ha escondido una explotación sistemática de los trabajadores que estalló el pasado mes de noviembre.

“Si no, ya sabes…”

“En Frioconfit machacaban al trabajador”. Son palabras de Ana María López, delegada sindical y trabajadora de la empresa desde 2003: “Nos llevaban a látigo. Si hoy sacábamos cinco palés mañana querían siete. Había personas que para poder ir al servicio tenían que esperar a que llegara un suplente y eso suponía, en ocasiones, de 10 a 15 minutos de espera. Te cambiaban de puesto sin previo aviso. Tú tenías un contrato de envasadora y te ponían un viernes a limpiar el suelo de la fábrica, a veces de rodillas, con agua hasta los ojos, en condiciones infrahumanas. Cuando estábamos haciendo eso, yo decía para mis adentros, si en el centro base –el que asigna a las personas a los CEE según su discapacidad– supieran lo que hacemos no nos considerarían aptos para ese trabajo”.

Pero Ana María López se equivocaba. Ella fue al centro base y denunció lo que pasaba: “No quisieron saber nada. Absolutamente nada. Lo único que me dijeron es que el sindicato hiciera una denuncia a la Inspección”. Su compañera Carmen, coja a raíz de una polio infantil, se pasaba 8 horas de pie organizando las cajas en palés que luego metía en un frigorífico. Ahora ha desarrollado una tendinitis en el codo, lo mismo que otra de sus compañeras, porque arrastraban un pale que pesaba 800 kilos con una carretilla que no tenía tracción mecánica: “Me pasaba 8 horas de pie, arratrando esta carretilla con un aparato en mi pierna que me llega del pie hasta la ingle y que pesa 6 kilos. Así he estado siete años, y nunca consintieron cambiarme de puesto”.

Unos años antes Carmen desarrolló un hipertiroidismo que según su endocrina fue debido al estrés: “En esa época yo me sofocaba mucho porque veía cómo estaban tratando a una compañera sorda. Por mucho que le gritaran no se enteraba. Para evitar operarme de tiroides me tuve que tomar dos pastillas nucleares que me obligaban a estar aislada 10 días. Estuve 11 meses de baja. El problema con la tiroides se solucionó pero ya me tengo que tomar pastillas para la tensión toda la vida'.

Y hay más casos. Por ejemplo, el de un joven con discapacidad psíquica que era un deportista de élite y que a raíz de trabajar en la empresa desarrolló un asma alérgica por el contacto con la harina. La delegada sindical explica que le pidió a la empresa que cambiara el sistema de limpiado de las máquinas: “les dije que en lugar de soplar la harina que se quedaba en las máquinas, usáramos algún sistema por absorción, pero no me hicieron caso y cuando limpiábamos aquello parecía Londres”.

Cuando le preguntamos por la enorme capacidad de resistencia de los trabajadores Ana María López tiene claro lo que pasa: “Cuando tú entras a la empresa porque necesitas tener un puesto de trabajo y te dicen: 'tienes que hacer esto porque si no ya sabes...' Si no ya sabes quiere decir que detrás de ti hay mil... Y aguantas porque necesitas el dinero para comer. Y si hoy te mandan hacer esto y accedes, mañana te mandan lo otro, y así día tras día'. Ana relata que al final todo eran problemas entre los compañeros: “Llegaba una persona y le decían friega el suelo y lo has de hacer en media hora. Y esa persona que necesitaba mucho el salario y no podía perder el puesto de trabajo, se rompía la espalda y las manos para hacer ese trabajo en media hora...Y luego se lo encargaban a otra persona que decía que no, y el jefe le decía: 'pues tu compañero sí lo ha hecho'”.

El relato de Ana muestra como las prácticas de gestión empresarial acaban enfrentando a los trabajadores: “Teníamos una competencia increíble entre los turnos porque llegaba la encargada y decía: “el turno de tarde ha sacado siete palés y vosotros tenéis que hacer igual”. En esta situación algunos trabajadores cayeron enfermos pero eso daba igual, el martirio continuaba: “La mayoría de las bajas por enfermedad se resolvían con un alta voluntaria porque la encargada llamaba a las enfermas amenazándolas. O te coges el alta o verás tú lo que va pasar, decían”.

Todo eso para nada

La desesperación cundió cuando la empresa les planteó un ERE y se encontraron con que todo ese sufrimiento no había servido para nada. “No es que la empresa no fuera rentable es que dejamos de producir, de servir a tiempo y perdimos a nuestro principal cliente” así lo explica Ana María López. “En el mes de junio dejamos de elaborar producto, el empresario argumentaba que no llegaba la materia prima por la huelga de camiones pero no era cierto, porque seguimos sin producir en julio y en agosto. Íbamos a la empresa y nos sentábamos allí las 8 horas, sin hacer nada, en una situación insostenible psicológicamente. Luego llegó septiembre y ya no nos pagaron. Nos propusieron firmar un ERE y no aceptamos porque no presentaban ningún plan de viabilidad futuro y de los 26 trabajadores sólo dejaban a 10, de los cuales 5 eran los encargados”.

Ana María recalca la insolidaridad de los encargados: “Ellos en todo momento se prestaron a colaborar con la empresa en un proceso de cierre irregular”. Otro de los episodios que indignó a la plantilla tuvo como protagonista a estos mandos intermedios: “Como veíamos que la empresa caminaba hacia el cierre acudimos al alcalde de Baeza que se puso en contacto con un empresario navarro, originario de Baeza, que estaba interesado en comprar Frioconfit. El empresario acudió con el teniente alcalde a visitar el centro de trabajo y los encargados no le dejaron pasar. A los pocos días nos presentaron el ERE donde los encargados conservaban su puesto”. En realidad estos encargados eran la cara de la empresa para los trabajadores. El principal accionista, Eduardo González, reside en el País Vasco y Ana María sólo lo ha visto dos veces. Como los trabajadores no aceptaron el ERE, la empresa cerró sin más, y así el 17 de noviembre, apareció la fatídica nota en la puerta de la fábrica.

La lucha sindical da resultados

Cuando Ana María se encontró con la nota, llamó a todas las trabajadoras del turno de la tarde, a la policía local y a la Guardia Civil. Allí delante, de la puerta, se tomó la decisión clave. “No íbamos a permitir que nos tiraran como un perro a la calle. Teníamos derechos e íbamos a luchar. Decidimos acampar hasta encontrar una solución. La primera noche dormimos con cartones entre dos coches. Yo bajé una sombrilla de la playa y una mesa camilla con un brasero. Los trabajadores de la empresa vecina nos dieron un bidón con palos para que hiciéramos fuego. Luego con palés y plásticos hicimos una especie de cabaña”. Desde el primer día hicieron turnos de ocho horas para cubrir las 24 horas del día.

Estuvieron allí desde el 17 de noviembre hasta el 30 de marzo. Todo el duro invierno: “Hemos tenido lumbalgias, resfriados, bronquitis, taquicardias” explica Ana. Su relato no puede ser más claro: “Hemos estado pasando mucho porque las familias las teníamos hechas polvo. Ha sido un invierno de lluvia y nieves y las familias se preocupaban. Teníamos que engañarlos y decirles que allí no pasábamos frío”. Pero la verdad era bien distinta: “A veces los vientos eran fortísimos. Empezamos con una cabaña y luego, por medio de CCOO, el Ayuntamiento nos dejó una carpa de la feria, pero dentro de la carpa dejamos la cabaña, porque era mejor refugio y cuando hacía aire la carpa se iba volando”. Los tribunales les dieron la razón el 18 de febrero: el cierre era ilegal y los despidos improcedentes. El empresario ha manifestado que no reabrirá la fábrica, a pesar de que un gabinete experto en reflotar empresas, pagado por la Junta de Andalucía, le ha ofrecido varias posibilidades. Su respuesta a la sentencia ha sido iniciar un proceso concursal para declararse insolvente.

El pasado 30 de marzo, las trabajadoras y trabajadores de Frioconfit levantaron el campamento porque la Junta de Andalucía les ha prometido que el centro de trabajo se volverá a abrir. “Nosotros no hemos pretendido nunca que nos regalen el salario” afirma Ana. “Somos personas a las que nos gusta hacernos de valer, que el empresario esté a gusto con nosotros y con nuestro trabajo. Porque no es solamente el salario lo que cuenta, sino también el beneficio personal de saber que se te paga un dinero y estás demostrando que lo vales” concluye Ana.

Imprimir imprimir
Enviar a un compañero/a enviar a un compañero/a
Comentar el artículo comentar el artículo
Portada45DOSSIER
artículo siguiente artículo siguiente
artículo anterior artículo anterior
Sumario sumario