Dossier: Trabajo y sufrimiento


BERTA CHULVI
Las distintas formas de precarización del trabajo se manifiestan con toda su crudeza en los momentos de crisis económica. Contratos que se interrumpen dejando a mitad un proyecto en el que se había puesto toda la ilusión, el sufrimiento ético que supone ejercer en condiciones en las que no es posible la eficacia, son las dos caras de la misma moneda. Es entonces cuando vemos a las personas sufriendo no sólo por la pérdida de un empleo, sino por la pérdida de sentido de su trabajo y lo que ello supone para su identidad personal. Precisamente porque la amenaza para la identidad ya es demasiada, en este artículo ni los nombres ni las ciudades son reales.
Trabajar por proyectos
Alicia es socióloga, acabó la carrera hace cuatro años y realizó un Máster en Desarrollo Local. Es además agente de igualdad y tiene amplia experiencia en gestión de calidad. Ha trabajado ya para cinco ayuntamientos en otros tantos proyectos. Se ha tenido que acostumbrar a esta forma de trabajar por proyectos, tareas con un tiempo finito, contratos por obra y con objetivos concretos. A ella le hubiera gustado consolidar un puesto de trabajo, porque ya tiene 45 años, está separada y tiene tres hijas, y en el fondo esa forma de trabajo por proyectos es una angustia: “Estoy cansada de presentar currículums cada dos años y ver cómo cuando tú te vas todo el esfuerzo que has hecho para montar esto o aquello se desvanece porque no hay personas que lo atiendan”. Ella no es la única que soporta el peso de esta forma de trabajo de la que participan tanto trabajadores asalariados como lo que se ha venido en llamar autónomos dependientes, esto es, aquellos que obtienen más del 70 por ciento de su salario de un único cliente. De hecho, dos sociólogos de prestigio internacional, Luc Boltansky y Eve Chiapello definieron a la perfección esta situación laboral y sus consecuencias en el terreno de la identidad en 1999 en un libro que lleva por título El nuevo espíritu del capitalismo.
Ahora, la crisis económica muestra con mucha más crudeza la debilidad de estos trabajadores: Alicia empezó en julio de 2008 un proyecto de implantación del sistema de gestión de calidad en una empresa municipal de una localidad del área metropolitana de Madrid. Se trata de un municipio de mediano tamaño y en el proyecto era fundamental la colaboración de todos los empleados y empleadas de las empresas afectadas, pero lo que Alicia encontró fue rechazo. Trató de ganarse la confianza de los responsables de todas las unidades de negocio y el esfuerzo fue tremendo. Tuvo que hablar con todos los que recibían servicios de la empresa municipal para valorar niveles de satisfacción. Estamos hablando de más de 40 personas. Los empleados de la empresa municipal empezaron a confiar en ella y a manifestarle sus quejas respecto a cómo estaba organizado el trabajo. Estaba previsto que el proyecto se desarrollara hasta final de 2010, pero de repente, cuando el trabajo estaba empezando a dar sus frutos, el Ayuntamiento decidió que no podía destinar dinero a eso y Alicia vio como rescindían su contrato: “No sabes lo mal que lo estoy pasando, porque quien ha dado la cara por ese proyecto soy yo, quien ha ido a hablar con toda esa gente soy yo y es mi prestigio profesional el que queda en entredicho. ¿Qué puedo hacer? No puedo ir a todas las empresas y decirles que el ayuntamiento ha decidido de la noche a la mañana paralizar el proyecto y que yo estoy en la calle. Si hago eso, no sólo acabo con cualquier posibilidad de que me contrate de nuevo ese ayuntamiento para acabar el trabajo, es que seguramente se corre la voz y ya no me contratarán tampoco otros ayuntamientos. Así que a pesar de estar jodida, desilusionada y deprimida, tengo que poner buena cara y dar alguna explicación convincente a toda esa gente, una explicación que por supuesto me tengo que inventar yo”.
Trabajar enfermo
Ricardo es aparejador en una multinacional de la construcción con sede en Barcelona. Tiene cuatro hernias discales y su columna pende de un hilo.”No puedo ir al fisio. A mí la columna ya no me la toca nadie que no sea un neurocirujano” nos explica cuando le preguntamos por su dolencia. Se ha quedado enganchado moviendo un tablero en una de las obras y está de descanso en casa, no ha cogido la baja, porque en su empresa le dan esos días. Pero ese “regalo” tiene trampa: aún no se ha curado, pero suena el teléfono y hay que responder. De la noche a la mañana su empresa ha decidido trasladarlo a Valencia para hacerse cargo de una obra que deberá estar finalizada en diciembre. Sus hernias y su enganchón no son una buena razón para no ir. En dos días tendrá que buscar casa en Valencia y hacer acto de presencia aunque no se encuentre bien: “El super-jefe me ha dicho que vaya al menos a hacer acto de presencia y que luego, si quiero, me vuelva a quedar dos días en casa”. Lleva 20 años trabajando para esta empresa, ahora tiene 46: “Tal y como está el sector ni se me ocurre decir que no voy” afirma.
La amenaza de la incompetencia
Pepe es arquitecto técnico, tiene 30 años. Ha sido jefe de obra durante los últimos dos años y medio en una gran empresa, la única compañía para la que ha trabajado: “Todo lo que sé del oficio lo he aprendido en esta empresa” afirma Pepe. Ahora se enfrenta a una carta de despido donde su firma le atribuye errores que o bien no ha cometido o bien son prácticas habituales en el sector y por supuesto en su empresa. Como él hay tres personas más. La dirección alega que le despide porque ha contratado con una empresa sin hacer la preceptiva comparación con otras tres empresas. La realidad es que eso no es cierto, se defiende el trabajador: “Yo contraté a la empresa haciendo la comparación con otras ofertas, lo que ocurre es que una vez ya estaba trabajando con nosotros le renegocié los precios a la baja y para que eso quedara reflejado en un documento legal le hice un nuevo contrato. Obviamente para ese contrato no comparé ofertas porque ellos ya estaban trabajando para nosotros”.
En otro tiempo esa práctica se habría premiado como una muestra de ingenio y de buen hacer, pero ahora, no sabe por qué, su eficacia se ha vuelto en su contra: “Mi jefe directo me ha dicho que es un error que me despidan porque conmigo han ganando mucho dinero, pero lo cierto es que yo me encuentro con una carta de despido en la que se alegan errores que me presentan como un incompetente. Y yo lo único que he hecho ha sido aplicar la cultura empresarial que he aprendido en la empresa y tratar de aumentar sus ganancias”. El caso de Pepe es, en estos momentos de crisis, más habitual de lo que pueda parecer: “Las empresas se están cogiendo a cualquier pequeño fallo o excusa para conseguir que un despido se contemple como procedente, aunque eso suponga echar por tierra la autoestima y la identidad de un trabajador que ha estado con ellos quince años” quien así habla es Martin, comercial de una empresa de compresores, que se acaba de ver en la calle y al que le ha sucedido algo similar a Pepe.
Pepe ha dejado de dormir y ha tenido problemas de ansiedad. Titubea cuando habla. Sobre todo al principio de la conversación. Se nota que teme que quien le entrevista saque la conclusión de que es un incompetente o un tramposo como quiere hacer ver su empresa. Se empieza a relajar cuando comprueba que la periodista entiende que ha sufrido una injusticia: “Esto me ha dejado muy tocado” reconoce. Y añade: “Gracias a que tengo amigos en la empresa que me han dicho: Pepe, tú no lo has hecho mal, yo acabo de hacer eso mismo hoy”. Al final Pepe ha comprendido que todo lo hacen para ahorrarse la indemnización: “Es tremendo que te martiricen para ahorrarse 3.000 euros de indemnización cuando has estado facturando para la empresa una media de 300.000 euros al mes”. Pepe no entiende la verdadera razón de su despido: “En la empresa no sobra gente. Me temo que lo que hay detrás es otra cosa, porque las tres personas que hemos contratado con esa subcontrata hemos sido despedidos y lo que veo es que esa subcontrata está desplazando a otra que lleva muchos años trabajando para la empresa y que debe de estar untando a alguien”. Pepe es un gran deportista y se quita el estrés corriendo: “Ayer se lo decía a mi mujer. Esto le pasa a otra persona un poco más débil y se tira por un puente”.
Forzados a trabajar mal
Gorka es
técnico de prevención en una gran empresa aseguradora con sede en Euskadi. Tiene
a su cargo unas 150 empresas y una dedicación horaria de 1.800 horas, 300 más de
las que le corresponderían según su contrato. “La mayoría de las empresas sólo
quieren los mínimos para cumplir con la ley –explica Gorka– y les molesta que el
técnico de prevención les proponga una prevención real, pero hay algunas que sí
han entrado a fondo el tema y que te requieren más. Entonces es cuando te has de
escuchar los reproches: “es que no me atiendes, es que no vienes” te dicen. Y tú
sufres porque se pone en duda tu ética o tu profesionalidad, cuando el problema
no es tuyo, es de la empresa que te impone esas condiciones de trabajo”. En
realidad, para hacer bien su trabajo Gorka debería llevar como mucho 70
empresas, y debería estar especializado en uno o varios sectores relacionados,
porque estar al día de los riesgos laborales no es sencillo sino que exige una
formación continua: “Nos hemos de formar por nuestra cuenta y al final acabas
atendiendo mejor a aquellas empresas de sectores que más conoces y atendiendo
peor a los trabajadores de las empresas que conoces menos. Y eso también te hace
sufrir porque sabes que los trabajadores están desprotegidos”. La contradicción
es tremenda cuando predicas lo que en tu casa no se produce: “Nosotros hacemos
evaluaciones de riesgos en empresas cuando los riesgos de nuestros puestos de
trabajo no están evaluados. ¿Cómo quieren que nos sintamos si vamos por ahí
exigiendo a las empresas lo que no hacemos nosotros?”.
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