Las mujeres siguen realizando y responsabilizándose mayoritariamente del trabajo doméstico y familiar, ello implica una doble carga de trabajo si lo comparamos con los hombres. Además, la organización del trabajo en la empresa puede impedir la compatibilización del trabajo doméstico y familiar con el trabajo remunerado, todo ello a pesar de disponer de herramientas y normativa para la conciliación de la vida laboral y familiar.
A principios del siglo XXI, las mujeres siguen realizando y responsabilizándose mayoritariamente de la gran parte, si no de todo el trabajo doméstico y familiar. Ello implica una doble carga de trabajo si lo comparamos con los hombres.
Estas desigualdades entre hombres y mujeres respecto a las condiciones de trabajo y a la cantidad de trabajo realizado se manifiestan en desigualdades en salud entre hombres y mujeres.
Pero además, el trabajo familiar y doméstico implica exigencias que las mujeres deben asumir de forma simultánea a las del trabajo remunerado. Aquí es donde entra el ámbito laboral, la organización del trabajo en la empresa puede impedir que las mujeres puedan compatibilizar ambos trabajos. Todo ello a pesar de disponer de herramientas y normativa para la conciliación de la vida laboral y familiar.
Para explicar las condiciones de salud de las mujeres trabajadoras es fundamental comprender esta doble carga de trabajo, pues puede explicar una parte de las desigualdades en relación al género.
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